El film iraní Una separación, favorito en la categoría Mejor película extranjera, es una obra maestra de la denuncia que no dice su nombre. Un conflicto privado revela las complejidades sociales del país
Nader y Simin, una separación (o, simplemente Una separación, como se la tituló en Occidente) no es la historia de una pareja sino de dos, de diferentes clases sociales, cuyos caminos se cruzan: un matrimonio de clase media, dividido por el deseo de ella de emigrar en busca de un mejor destino en Occidente y el de él, de no abandonar a su padre enfermo, y otra pareja, de origen humilde, que lucha por la subsistencia entre la desocupación y los trabajos ocasionales e informales.
El destino los lleva a un conflicto, en buena medida, desencadenado por los rígidos mandatos familiares y religiosos. La situación desemboca en tragedia y roza, inclusive, el drama. La crisis privada de una familia se inserta en una realidad social conflictiva, pero sobre la cual la película no hace discursos. Frente a los jueces, cada personaje defiende su punto de vista sobre las cosas.
La genialidad de Asghar Farhadi, guionista y director, consiste en hablar de política sin nombrarla. No hay en esta película ningún discurso explícito sobre la situación iraní y, sin embargo, la revela.
El film, que ya ganó el Oso de Oro en el Festival de Berlín, compite ahora por el Oscar en dos categorías: Mejor guión original y Mejor película extranjera. En este segundo rubro, comparte la nominación con la película belga Bullhead, la israelí Foot Note, la polaca In Darkness y la canadiense Monsieur Lazhard.
Más allá de los premios, Una separación ha recibido elogios en todos los países donde se ha estrenado ya, en especial por la maestría con la cual Farhadi cuenta una historia, si no simple, al menos muy real, un conflicto que involucra a gente común y que podría tener lugar en cualquier país, pero que a la vez expone al suyo en todos sus matices.
La delicadeza con la cual lo hace explica que el film, que primero fue prohibido por Teherán, ahora se haya convertido en bandera.
El bloguero Quico Alsedo, redactor del diario El Mundo, se declaró impresionado por el film. Y explicó así sus motivos: "No es ya que cuente 10 historias en una, que parezca más real que la vida misma, que el guión sea una excepcional pieza de orfebrería, que los actores parezcan personajes reales, que el ritmo y la puesta en escena sean espectaculares o que Farhadi maneje los conflictos morales (el bien, el mal y el regular) como si fuera Dios haciendo un sudoku, cuyo resultado, por supuesto, conoce. Es que el tipo es capaz de contar qué pasa en su país con una sutileza capaz de regatear la guadaña de la censura y a la vez contarnos qué pasa en nuestros corazones con la sabiduría y la astucia de los grandes narradores de historias y de la Historia (...). En A separation, todo es como en la vida real: ni blanco ni negro, más bien paradójico, ambiguo, sorprendente y, sin embargo, cotidiano. Farhadi no juzga: sólo va paseando al espectador por un engranaje de escenas que son el abc del cine: gesto, mirada, frase y réplica. Se separan los protagonistas, pero también un país partido entre pasado y futuro".
Alsedo no se priva, de paso, de lanzar un par de dardos contra otras favoritas de esta 84ª edición de los premios Oscar. "Tenéis que verla", dice sobre la película iraní, y agrega: "Dejaros de la cursilería comeflores de The artist y de George Clooney poniendo caras en Los descendientes. (...). Sin una concesión al sentimentalismo o a su ombligo autoral. (...) No hay música. No hay florituras. (...) La cámara se mueve con la precisión del bisturí y nos retrata una culpa y un dolor universales y universalmente complejos".
Convencido de que la película ganará en su categoría, Alsedo concluye: "Sin decir una palabra más alta que otra, sin acusar a nadie, Farhadi subirá a recoger su chisme y volverá a Irán a hacer un cine que en realidad nos acusa y nos perdona a todos. No dejen de ver la película".